¿Te regañan tus hijos porque no tiras la lata al cubo amarillo? Descubre qué tipo de ‘reciclador’ eres

Dentro de cada familia y grupo de amigos conviven diversos tipos de recicladores. Y como en la vida, siempre hay unos cuantos perfiles recurrentes: el catedrático que se las sabe todas, el novato que le pone entusiasmo o el manitas que transforma en oro lo que toca. Son ejemplos de ciudadanos que separan sus envases de plástico, briks, papel, cartón y vidrio. Cada uno con sus particularidades y métodos propios, pero todos con una responsabilidad ambiental que empieza en sus hogares. ¿Con quién te identificas?

El artista. Para Pedro Jesús Tovar Vaca, Pancho, separar envases es totalmente natural; lleva más de 50 años haciéndolo. Comenzó de pequeño, cuando su madre le regaló un cordero y él se lo llevaba a pastar a las afueras de su pueblo, Casar de Cáceres. “Tenía 8 años. Mientras el cordero comía hierba, yo me dedicaba a separar en el basurero municipal las latas de metal y los plásticos. Por entonces no existía el reciclaje como tal; lo que hacía era reutilizar los desechos para hacer ceniceros, botes para lapiceros o pulseras”, cuenta.

 

Pancho hoy se toma en serio el reciclaje y siempre “insiste” a los integrantes de su grupo de música Tajo Rock para que tiren los residuos correspondientes a cada contenedor. Para él, no solo se trata de contribuir al medioambiente, sino de dar una segunda vida a todos estos materiales, una disciplina de la que ha hecho casi un arte. Tiene una docena de ejemplos que lo demuestran. “Con 10 años fabriqué una batería. Utilicé una lata de aceite para la caja. Medio bidón de 200 litros me sirvió para el bombo. Dos cubos de plásticos para los timbales. Y un bote de cartón de polvos de detergente de cinco kilos, para el timbal de suelo. Con las tapaderas metálicas de las cajas de sardinas hice el charles [un elemento de la batería] y con chapas de cacerolas, los platos”, relata entre risas. Amante de la naturaleza, no soporta ver latas de refresco en el campo, y siempre lleva una bolsa para recogerlas. Después, cuando llega al pueblo, las tira en el contenedor amarillo y, a veces, se las lleva a su garaje para fabricar algún objeto decorativo.

La catedrática. En la cocina de Eva Núñez los cuatro cubos de basura están integrados a la perfección. Aquí rige el orden y la pulcritud. Cada uno, de un color diferente y con pegatinas para indicar a los visitantes qué se debe depositar: el amarillo para envases plásticos, latas y briks; el azul, para papel y cartón; el verde, para vidrio y el marrón, para los restos orgánicos. “En mi casa empezamos a reciclar a conciencia hace 20 años, cuando nos mudamos a una vivienda nueva. Compramos los primeros cubos para separar lo orgánico del plástico. Ahora lo hacemos automáticamente, aunque sí es cierto que todavía tenemos que mirar a veces el símbolo de los envases para saber a qué cubo van”, comenta Núñez.

Uno de sus trucos es guardar las bolsas de papel que le dan en las tiendas de ropa y reutilizarlas para guardar el papel que luego recicla. “Es más cómodo. Así, cuando se llena, solo voy al contenedor azul y la tiro”, dice. La separación va más allá: el aceite lo guarda en botes de cristal y las pilas, en una pequeña caja de cartón. Junto a los libros de cocina hay panfletos informativos de cómo se recicla y los beneficios que esta acción conlleva. Núñez es una auténtica catedrática de la separación de residuos. Como ella, en 2018 cada ciudadano depositó de media 15,7 kilos de desechos en el contenedor amarillo y 18,1 en el contenedor azul, según datos de Ecoembes “Para la gente que empieza, mi consejo es ir poco a poco, para no abrumarse. También es importante consultar lo que hace tu Ayuntamiento. Por ejemplo, suele haber lugares para llevar electrodomésticos pequeños como microondas o transistores”, explica.

La novata entusiasta. Hasta hace unos meses, María Tovar, de 36 años, solo había separado el aceite de sus residuos domésticos. El resto los arrojaba al mismo cubo: el gris. “Un día llegó del cole mi hijo Mario, de ocho años, preocupado porque la profesora le había reñido porque no reciclaba. Eso, unido a que mi hija Jara, de cinco, es una pequeña Greta Thunberg [famosa activista medioambiental de 17 años], me llevó a comprar dos cubos y a comenzar a reciclarlo todo”, comenta. Hasta el momento, según dice, la separación se lleva en casa sin problemas y con muchas ganas, aunque a veces debe corregir los descuidos de su pareja. “Si hay alguna duda sobre dónde se tira algo, llamamos por teléfono a la abuela, que es la que más sabe de reciclaje de la familia. Y si hay un estropicio siempre me lo como yo”, dice entre risas. “El otro día se nos estropeó un lomo y me tiré media hora para separar el plástico de la carne. Cuesta, pero hay que hacerlo”, subraya Tovar.

La ‘flexirrecicladora’. Como sucede con algunos vegetarianos que, de vez en cuando, comen pescado, Margui Núñez, de 52 años, es una flexirreciladora. Es decir, a veces sí, a veces no: Núñez separa sus envases, pero por múltiples circunstancias no siempre puede echarlos en los contenedores correspondientes. Por un lado, dice, en su calle solo tiene contenedor amarillo. El azul y el verde “están en la otra punta del pueblo” –en España hay 383.974 contenedores amarillos y 217.170 azules, según datos de Ecoembes)–. Y en las casas donde trabaja cuidando a personas mayores en Talayuela (Cáceres), reciclar es casi imposible ya que, aunque ella intenta separar, los mayores, muchos por falta de hábito o por no cargar con peso hasta el contenedor correspondiente, tiran las bolsas al mismo cubo. “Son personas que no están acostumbradas a separar. Normalmente, solo reciclan los envases plásticos, pero las latas y el papel lo tiran en el cubo gris de toda la vida”, explica Núñez que hace hincapié en la formación, un factor primordial para enrolar a recicladores de cualquier edad.

La pedagoga. Magdalena Ibarrondo recicla desde que es una niña. Por entonces, hace unos 20 años, no había la conciencia social que hay ahora y su hábito, cuenta, nació de un par de campañas informativas que dieron en su colegio y en el esfuerzo que puso su madre. “Recuerdo que hicimos pegatinas para colocarlas en cada cubo y aprender qué se tiraba en cada uno. Una manzana mordida en el de orgánico, un envase de yogur en el de plástico, una botella de vidrio en el verde… y así”, describe esta joven granadina de 26 años. Con la experiencia acumulada, ahora es ella la que enseña y evita algún despiste que otro de Luis, su pareja, que a veces tira el brik de leche en el cubo azul. “Por ejemplo, las cacas de nuestro gato las tiramos en el contenedor gris y no al retrete, como hace mucha gente. Los expertos dicen que la arena perjudica las cañerías”, explica. Magda insiste en que mantenerse informado es el camino para un hábito sólido. “No soy perfecta, pero hago todo lo posible por reciclar”, reconoce.

Fuente: elpais


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