
Es innegable la capacidad de Trump de generar noticias o, directamente, de ser la noticia. Prácticamente, cada día amanecemos con varias. De hecho, es el primer presidente de un país que utiliza las redes sociales para comunicarse sin filtros con su electorado (y con el resto del mundo). Ello está provocando reacciones de las bolsas mundiales y de metales de vértigo.
Entiendo que el país más endeudado del mundo quiera equilibrar su balanza comercial a golpe de aranceles. Precisamente, con su mayor acreedor, el Estado Chino y, de paso, el resto del mundo posee un cuarto de la deuda extranjera norteamericana. Exactamente 759.000 millones de dólares. En aranceles, según fuentes, ha recaudado entre 150.000 y 220.000 millones $ desde el día que Trump llamó “de la liberación”.
Mientras tanto, cada día que pasa Trump va bajando, con la boca pequeña, aranceles aquí y allá para evitar la inflación de precios. Esta semana, por decreto, ha eliminado los aranceles a la carne, el té, los zumos de frutas, el cacao, las especias, los plátanos, las naranjas, los tomates y ciertos fertilizantes. También tuvo que destensar la cuerda con China ante la presión de los agricultores americanos de soja para seguir exportando a su principal mercado y la presión del clúster de empresas de Palo Alto con las tierras raras chinas.
Bajo mi criterio, la guerra comercial es una guerra con vencimiento. La sociedad actual está orientada al consumo como motor de crecimiento. La producción de productos en países de bajos salarios (comparados con los países ricos), ha sido un motor de por sí al conseguir bajar los precios unitarios y aumentar el consumo de cualquier producto.
Estadísticas en mano, China puede fácilmente fabricar, directa o indirectamente, más de un 50% de los bienes de consumo que consume el mundo. China, con una enorme masa laboral de casi 800 millones de trabajadores, y con una voluntad sacrificada por conseguir riqueza, abraza la filosofía 996 (trabajar de 9 a 9, seis días a la semana). Si bien los salarios en China se han incrementado exponencialmente, han conseguido mantener competitividad con su creciente automatización. Lejos quedan esas fábricas chinas con miles de trabajadores.
“Estadísticas en mano, China puede fácilmente fabricar, directa o indirectamente, más de un 50% de los bienes de consumo que consume el mundo.”
La sociedad China, al igual que la coreana y japonesa, está muy influenciada por Confucio en donde, sintetizando, el beneficio común está por encima del beneficio individual. Quienes quieren ver comunismo en ello, simplifican. Fue Mao quien se aprovechó de una sociedad que abrazó el confucionismo hace más de 2000 años antes de imponer la revolución comunista de 1949.
No es de extrañar que Trump quiera frenar el empuje de China. Es una sociedad que sabe sacrificar sus libertades a cambio de un progreso económico común de forma evidente.
En 1976 murió Mao, y yo visité China por primera vez en 1991. Todavía la gente vestía mayoritariamente con traje de inspiración Mao, e iba a pie o, como mucho, en bicicleta. Nada queda de aquella China de penurias y hoy, quien visita China, deslumbra con su modernidad. En 1985 visité los EEUU y me dije: “tengo que visitar este país para saber dónde estaremos en 10-20 años”. Luego de visitar este noviembre de nuevo China, puedo vaticinar que tendremos que ir a China para ver nuestro futuro como sociedad.
Con China, por primera vez en 150 años un país no democrático crece a mayor velocidad, y sin titubeos, que los democráticos. Nadie sabe qué queda del comunismo y abrazan el capitalismo más feroz.
América, con un pragmatismo endémico, ha llegado al dictador a través de la democracia. Es pronto para saber si los golpes de timón de Trump harán a los americanos Great Again (MAGA).
Lejos estamos los europeos de la determinación de los que gobiernan en China y en EEUU. Europa da prioridad a la libertad y a los derechos de cada individuo. Esto tiene ventajas, pero también inconvenientes. En Europa, que no es un Estado sino una federación de Estados, cada pequeña ley se ha de consensuar y aprobar por vericuetos políticos interminables.
Pondré dos ejemplos de nuestro sector para comparar dos sistemas políticos muy diferentes. En el año 2004 se aprobó la ley europea que prohibía fabricar envases de plástico de menos de 500 cl en los que el tapón pudiera desprenderse del resto de la botella. Desde que se propuso hasta que se aprobó tardamos 6 años. En China se aprobó en pocos meses.
Otro ejemplo es el despilfarro de materia prima que denuncia la CE desde hace décadas con los envases de un solo uso. Europa da libertad a sus estados a tomar medidas. Aconseja, pero no es determinante en implantar el SDDR (depósito en los envases) a pesar de que se ha demostrado que funciona eficientemente. Suecia fue el primero en 1994. Alemania lo implantó en el 2003. En España se aprobó en noviembre del 2024, con fecha límite de implantación en 2026. Con toda probabilidad, tardaremos todavía muchos años en que se implante en los 27 estados. Mientras tanto, en España, más de la mitad de unos 50.000.000 de envases consumidos diariamente, no se reciclan y vamos demorando su implantación. China no tiene, todavía, SDDR, pero a buen seguro cuando vean que les conviene, lo implantarán en pocos meses.
A los que hemos viajado a China durante décadas no deja de sorprendernos su crecimiento como país. Actualmente, China ha construido más de 2/3 de tren de alta velocidad en el mundo en pocos años. En Barcelona estaremos 50 años para construir la línea 9 de nuestro metro.
No defiendo el modelo político chino, pero su sistema parece funcionar, para el bien común, y el nuestro no. Nos reíamos del Parlamento atomizado y frágil italiano, y ahora ocurre lo mismo en Francia. En España también le llaman el parlamento Frankenstein por la atomización y dispersión política.
Todos los sistemas políticos tienen sus sombras. Sorprende que China prohibió el personaje inspirado en un oso malayo, Winnie the Pooh, por unos blogueros chinos, que publicaban memes comparando a Xi Jinping con el osito, por poner un ejemplo de falta de libertad de expresión amable.
La economía china ha penetrado como un caballo de Troya en nuestros comercios. Cada vez más voces abrazan la idea de cerrar fronteras como Trump, pero nadie recuerda que nuestras economías se hicieron grandes con el libre comercio. Hay una norma que se ha mantenido inalterable desde la segunda guerra mundial y el plan Marshall americano: Cuanto más crecimiento económico, menos guerras. Más prosperidad, en economías dinámicas y en constante adaptación. Ha sido un mantra que ha funcionado durante décadas.
Cada vez más gente habla de proteger Europa, olvidando que nuestra economía nunca creció tanto como con la globalización. España incluida.
Históricamente, ¿qué sería de la cocina italiana sin China? España no hubiera conquistado América sin la pólvora China. ¿Qué sería nuestra cocina sin la patata, la cebolla o el cacao que vinieron de América? Tampoco nuestra paella hubiera sido posible sin Marco Polo por China trayendo al Mediterráneo el arroz, etc.
Lo que quiero decir es que nuestras economías crecieron cada vez que compartimos productos con otras partes del planeta. No será que mientras los chinos trabajan 996 (en Palo Alto de California, también), nosotros estamos planteando reducir nuestra jornada laboral.
“Cada vez más gente habla de proteger Europa, olvidando que nuestra economía nunca creció tanto como con la globalización.”
Todas las opciones son válidas, pero la riqueza siempre viene asociada al trabajo. Incluso Picasso decía que le llegaba la inspiración trabajando. Tenemos que ser coherentes, o queremos vivir bien, o queremos ser ricos. La pregunta es ¿Qué es vivir bien en el siglo XXI? Pues dependerá de cada cual.
Se podría comparar los países con grandes familias. Si solo trabaja un miembro y un salario poco cualificado, gana poco y tiene que mantener muchos de familia, la familia se empobrecerá paulatinamente. Si, por el contrario, todos trabajan y además en trabajos cualificados (de alto valor añadido), económicamente hablando será una familia próspera. Al igual ocurre con los países.
Otra cosa es que EEUU tiene problemas económicos que Trump pretende resolver a golpe de aranceles como si fuera la única medicina posible. Quizás EEUU está debilitado como estado, pero no así las multinacionales americanas. Las empresas americanas, muchas de ellas, tributan fuera de su país no contribuyendo a equilibrar la balanza comercial de EEUU. Quizás tendría que empezar por resolver sus problemas internos, antes de romper el flujo libre de mercancías. La estrategia del modelo de Trump, de pelearse con todo el mundo, no lo veo. Precisamente, lo que hizo a los americanos grandes, fue la colaboración con todo el mundo. Ayudó a la Europa aliada a ganar la segunda guerra contra los nazis, pero luego colaboró en la reconstrucción de la Alemania democrática. Hoy Trump, insultando a sus socios históricos como Canadá o Europa, nos está empujando a un nuevo orden mundial.
EEUU se pelea con todo el mundo y, lo que es peor, humilla. China, en cambio, ha ofrecido apoyo financiero a través de líneas de crédito a infinidad de países, asistencia y un compromiso para ejecutar 30 proyectos de infraestructura en los próximos tres años. Está invirtiendo en todo el mundo. Está construyendo el mayor puerto comercial en el Índico en Sri Lanka. En Kenia y en Namibia, ha construido puertos comerciales juntamente con líneas de ferrocarril o autopistas. Algunos entenderán una recolonización, pero a muchos de estos países les va bien en esta línea colaborativa. Igual a África le va mejor con China que con los europeos en los siglos XIX y XX.
Quiero entender a los proteccionistas, pero detrás de un afán de protección de fronteras, escondemos un adormecimiento y empobrecimiento de nuestras economías. Si cerramos nuestras economías, abrazamos la vuelta a los monopolios.
Estas últimas décadas los tribunales de competencia europeos y españoles han permitido las fusiones de grupos empresariales gigantes con la excusa de poder luchar contra las empresas de los gigantes China, indias, etc.
Creo que el dilema hoy no es aranceles o no aranceles, cerrar fronteras o dejarlas abiertas totalmente. Creo que hay que tomar medidas, pero poco radicales. La cuestión es decidir cómo proteger, cuándo y de qué manera. Cerrar las fronteras hoy sería volver a los monopolios.
Estas últimas décadas los tribunales de competencia europeos y españoles han permitido las fusiones de grupos empresariales gigantes con la excusa de poder luchar contra las empresas de los gigantes china, indias, etc. Creo que el dilema hoy no es aranceles o no aranceles, cerrar fronteras o dejarlas abiertas totalmente. Creo que hay que tomar medidas, pero poco radicales. La cuestión es decidir cómo proteger, cuando y de qué manera. Cerrar las fronteras hoy sería volver a los monopolios.
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